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La autoexigencia y la compasión
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En este nuevo episodio vamos a hablar de dos comportamientos psicológicos que suelen ser polos opuestos. La autoexigencia y la autocompasión.
¿Por qué son importantes? Porque depende de en qué grado los usemos pueden realzar nuestra calidad de vida o mermarla poco a poco.

La exigencia es una tendencia que suele tenerse por patrones aprendidos en la familia, o en otros ámbitos, como la escuela, los estudios, el trabajo…. Puede manifestarse también en diferentes momentos vitales, por circunstancias estresantes que pueden generar conductas o pensamientos inflexibles, para poder estar a la altura, buscar la aceptación de algún ser querido, etc. Los típicos pensamientos propios de la exigencia son los "debería…", los "tengo que…", creerse que no se es suficiente o que se requiere siempre un esfuerzo más grande.
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Este patrón de forma consistente e inconsciente nos puede llevar a acumular tensión, ansiedad e incluso puede alterar nuestro sueño. No permitirnos equivocarnos y experimentar, pensar que las cosas deben cumplir unas expectativas determinadas, puede causar grandes decepciones personales. La autoexigencia en alta cantidades puede causar dificultades para afrontar situaciones de incertidumbre, ya que la necesidad de tenerlo controlado puede que dificulte.

La autoexigencia también tiene su utilidad, sobre todo, la de poder llevar a cabo objetivos, ser constante, poder controlar las situaciones y adelantarse a consecuencias negativas. Utilizada en su justa medida también puede aportar calidad de vida.

Pero a veces nos exigimos tanto, que nos exponemos a situaciones de hiperactivación, es decir, tenemos una alta reactividad emocional, estamos hipervigilantes, pensamos de manera desordenada... No nos acompañamos de una forma en la que podamos estar en una zona de aprendizaje sino que nos forzamos. Lo ideal sería poder salir de la zona de confort para enfrentarse a nuevos cambios, nuevas experiencias, pero sintiendo que estamos seguros, que estamos activados, pero que nos estamos asistiendo y en el momento en el que notemos que estamos rozando el peligro (mucha ansiedad, hiperactivación mental) por muy alta que sea nuestra exigencia, parar, alejarse, cuidarse, volver a la zona segura.
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La compasión, el polo opuesto a la exigencia, va de acompañarse, siendo más amable con uno mismo. Un ejemplo típico sería pensar en el pasado y hablarse en un modo exigente, del estilo, "podría haberme dado cuenta antes" "lo podría haber hecho mejor" "no debí permitirlo", "tendría que haber actuado de otra forma". Una forma compasiva, podría ser tratar de pensar que se hizo lo mejor que se pudo en el momento en el que se estaba, que se puede fallar, fracasar, pero que eso no es desagradable sino que forma parte de la vida. La práctica de la compasión trata sobre formar un asistente interior que facilita cada paso que vamos dando sea el acertado o no.
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Se trata de tener una relación proactiva con uno mismo, reconocer las necesidades propias, y no dejarse llevar por aquellos pensamientos que no son productivos o no llevan a ninguna solución y solo dan vueltas sin parar.
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En la vida hay situaciones impredecibles que están fuera de nuestro control, en esos casos, lo mejor es aceptar la situación, pasando por el dolor que nos cause, sin escapar de él, para poder transitarlo.
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La compasión nos autorregula emocionalmente, ya que reduce la hiperactividad mental, los bucles fóbicos, los pensamientos rumiatorios, nos ayuda a aceptar las situaciones de una forma amable, mejora la calidad de las relaciones con los demás, se llegan a estados de relajación y calma corporal, se reduce la ansiedad, mejora nuestra capacidad de resiliencia.
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